Comienza un nuevo ciclo en el blog, esta vez en forma de entrevistas, a personalidades del mundo del ballet o de la investigación en danza, desde el convencimiento de que pueda darse un diálogo entre ambos y de que pueden encontrarse puntos de interés comunes.

Para el debut, entrevisto a Gwenevere Pennegues, actual directora de la École Française de danse de Madrid. Nacida en París a finales de los 70, Pennegues estudió en la Escuela de Ballet de la Ópera de París, donde recibió la primera parte de su formación académica, participando en representaciones como el Cascanueces, o en la Gira internacional del Ballet de la Ópera de París en el Metropolitan Garden de Nueva York. Tras trasladarse a España, forma parte de la época dorada de la Compañía de Ballet de Víctor Ullate, coincidiendo con otros alumnos como Lucía Lacarra, Ángel Corella, Tamara Rojo o Igor Yebra, entre otros. Desde 1997 ejerció como profesora en la Escuela de Víctor Ullate, trabajando después para María Giménez, llegando a conseguir un puesto como repetidora en su Compañía. A sus espaldas, premios de danza como la Medalla de Oro de la Scène Francaise.

Hoy la entrevisto en el salón de su École para conocer sus ideas acerca de la formación de bailarines y los entresijos de la Escuela del Ballet de la Ópera de París.

- ¿Cómo son las pruebas de selección de niños para entrar en el Escuela de la Ópera de París?

En la primera prueba solamente te miden, te pesan, te hacen un examen médico y, sobre todo, te miran los pies; te dicen que los metas en una especie de caja que tiene una luz dentro y entonces miran dónde apoyas el peso del cuerpo –si hacia afuera, hacia dentro…- y, si están mal apoyados, no pasas la prueba. Con esto ellos pueden ver dónde colocas el peso del cuerpo, por ejemplo fijándose en la posición del talón, si está o no demasiado dentro o fuera… En esa primera prueba también prueban tu elasticidad, y tu “en dehors”, e incluso tu salto. Las pruebas se hacen uno por uno, niños y niñas juntos, sin medias, descalzos, sólo con un maillot. En mi época, si te seleccionaban en la primera prueba, tenían que pasar tus padres y, después de presentarse, también eran pesados y medidos: es una manera de saber cómo puedes ser de mayor.

- ¿Tienes algún recuerdo especial de la tuya?

De mi prueba tengo algunos recuerdos, sí. Yo creía que no iba a entrar por mi altura, porque conocía los baremos que piden, y yo soy más bajita. Entonces la directora, que en ese momento era Claude Bessy se acercó a mí, yo temblaba mucho, y entonces me preguntó “¿por qué tiemblas?”, “porque tengo mucho miedo” le contesté. “No te preocupes”, me dijo, “vas a entrar”. Así que tuve suerte, sabía antes que el resto de niñas que me iban a elegir. Pero aún así estuve muy nerviosa, como todos.

- Sabemos que la formación de las “petits rats” de la Escuela de la Ópera está estructurada por años y niveles, pero ¿cómo es el día a día?

Sí, está estructurada por niveles. Son seis años en total, y tú entras al nivel seis, de manera que cuando llegas al nivel uno ya eres un profesional.

¿El día a día? Pues allí vives en un internado, sólo veíamos a nuestros padres del viernes a la noche al domingo a la noche, y durante las vacaciones – que en el caso de la Navidad no llegaban hasta el propio 24 de diciembre, que es el día en el que se representa “El Cascanueces” en la Ópera de París, y los niños participan- Compartíamos habitación con baño por cada tres personas, eran unas habitaciones sencillas; las camas estaban separadas por una madera, y cada una tenía su armario. Recuerdo que nos pesaban dos veces al mes. Estaba mal visto que engordaras, y la dieta era muy estudiada.

En general es un ambiente duro, se trabaja bajo presión; desde pequeños te dicen que si no eres el mejor no vas a entrar en la Ópera, que si te lesionas vas a perder clase, que si no aguantas el dolor no vas a progresar… Para mí fue un cambio difícil: pasé de estudiar en la escuela Waldorf- una forma de enseñanza donde no se le ponen notas a los niños por considerarlo una forma de evaluación y competición que los perjudica- a la Ópera… Allí no sólo hay disciplina dentro de clase -miran si llevas los lazos de las zapatillas bien puestos, el moño, si vas maquillada, porque “las bailarinas son bellas” te dicen- también fuera; miran tus horarios de entrada y salida, lo que comes, si corres por los pasillos… Todo eso te puede dar o quitar puntos de cara a quedarte allí.

- ¿Cuántas horas diarias hay de clase?, ¿cómo son?

Las clases de clásico eran de hora y media, aunque algunos días había una hora más de puntas, que las chicas tomábamos desde el primer año. Y luego, dependiendo del día de la semana, había clases de folclore, de mimo, de danzas rusas, de contemporáneo, de música… Según ibas avanzando de nivel nos iban dando también clases de teoría de la danza, como “historia de la danza” por ejemplo, pero eso se da a partir de los 15 años, más o menos, que es cuando se pueden entender. Psicológicamente vas acumulando datos y ellos no comienzan a darte esa información hasta que estás preparado para recibirla.

- ¿A qué edad comienza a aprenderse repertorio?

Sólo el último curso, a los 16 ó 17 años, porque antes no tienes la técnica suficiente para hacerlo.Y es lógico, un buen profesional no trabaja una variación antes. Tampoco se hacen “pas de deux” hasta esa edad: las clases de chicos y chicas están separadas -porque la técnica es muy distinta, los hombres tienen más fuerza muscular- y sólo entonces nos juntamos para ensayar la técnica del “pas de deux”

- ¿Crees que la técnica de las clases de la Escuela de la Ópera está orientada a afianzar el repertorio?

No, porque cuando terminas la Ópera estás preparado para bailar cualquier cosa.

- En la Escuela de la Ópera de París, ¿se registran de alguna manera las clases? ¿os graban en algunas ocasiones o los profesores escriben los ejercicios?

Sí, una vez al mes graban la clase entera. Después, hay unas salas con televisiones, separadas por pequeñas paredes blancas, donde podemos verlas: nos ponen la clase y cada cual se mira y autocorrige. Porque a veces bailas de una forma y, al verte, te das cuenta de que eso que sentiste no tiene que ver con lo que hacías. Nosotros somos muy críticos con nosotros mismos, pero porque ya sabemos lo que hacemos a pesar de ser niños, porque tenemos criterios internos. Por eso las profesoras se pasan poco por allí, ellas no comentan el vídeo, te dejan a ti frente a la realidad.

- ¿Cuál es el momento que más disfrutas en la Escuela?

La “demostración”, la clase abierta al público que se hace al año, nos encanta. Sobre todo el desfile final, porque compartes escenario con las estrellas del Ballet de la Ópera, con los más grandes.

En la Escuela uno tiene “hermanos mayores”, unos padrinos; cuando entras, eliges a un chico y a una chica mayores que tú, de los que están en el primer nivel, que hacen un poco de papá y mamá. Son con quienes puedes hablar dentro de la Escuela si tienes algún problema. Ese día también compartes escenario con ellos y es muy emocionante.

- ¿Qué acceso tienen los alumnos de la Escuela de la Ópera a la historia de la Compañía? ¿Ibais alguna vez a ver bailar al Ballet o teníais algún tipo de formación teórica –clases de historia, de música, o algo similar-?

Sí, las clases teóricas están presentes, pero de más mayores. Primero te dan historia de la danza en general, luego llegan al ballet -empezando por Luis XIV y los comienzos- y luego pasan al resto de las Escuelas, para terminar con la del Ballet de la Ópera de París, que es de la que más terminas por saber cuando sales.

- Voy a leerte una frase, un tanto provocativa, que dijo el coreógrafo catalán Joan Tena: “Si juntamos distintos profesionales del arte -un pintor, un músico y un bailarín, por ejemplo- este último será, con gran diferencia, el menos leído de todos”, ¿crees que eso es algo que ocurre más en España, y en países donde no se aprecia mucho el ballet clásico, que en otros como en Francia?

En España es así, pero en Francia no. En España tú dices “soy bailarina profesional de ballet” y hay gente que le suena hasta ridículo, pueden llegar a burlarse de ti. En cambio, en Francia tú dices “soy bailarina profesional de ballet” y es visto como algo maravilloso. Está muy bien valorado, porque hay mucha información, hay muchísimo documental en la televisión explicando lo que hacemos, todos saben que somos como atletas de alto nivel, la gente sabe el esfuerzo que hay detrás y lo que nos cuesta llegar. O sea, que la danza está socialmente valorada porque hay mucha información.

- ¿Crees que ha cambiado la forma de bailar desde que estudiaste en el Escuela de la Ópera de París a la actualidad? ¿en qué sentido?

No creo que haya cambiado la forma de bailar, pero sí es verdad que ahora están más abiertos al contemporáneo. Cuando yo estudié allí –y entré en 1989- era fundamentalmente una Compañía de ballet clásico, aunque empezaban a bailar contemporáneo. También veo un cambio en que antes allí sólo se hacían creaciones del propio Ballet de la Ópera de París, así que para poder bailar otra cosa tenías que irte; pero ahora, para guardar su personalidad, hacen venir a coreógrafos a la Ópera. Este es un cambio importante, se los traen a su terreno.

- ¿Cómo definirías el estilo de la escuela francesa de ballet?

Pulcro.

- Hace unos meses, en el documental que acompañó a la celebración de los 300 años del Ballet de la Ópera de París, Elisabeth Platel -actual directora de la Escuela- explicó que a los alumnos se les educa para que puedan bailar el repertorio que se baila en su Compañía. ¿Qué ocurre en casos como el tuyo, que has bailado en otras escuelas y países? ¿cómo notas la educación de la Escuela de la Ópera en tu forma de bailar ballet o enseñarlo?

Es una mezcla. Es lo que te enseñan, lo que descubres en tu carrera, porque cada año los niños son distintos. Unos son más técnicos, otros más artistas por así decirlo, y por eso cada año tienes que adaptarte y trabajar de forma diferente. Creo que hay que saber adaptarse, lo más importante- además de tener unos principios claros- es ser flexible.

- ¿Qué criterios pedagógicos sigue la École française de danse de Madrid que actualmente diriges?, es decir ¿cómo entiendes la formación de bailarines?

Nosotros somos una escuela con enseñanza profesional, en la que uno puede llegar a profesionalizarse si quiere. Pero yo estudié en la Escuela de la Ópera, y terminé un poco harta de determinada manera de trabajar: en muchas escuelas, si una niña es un poco más gordita por ejemplo, nadie la corrige, para qué… Aquí se corrige a todo el mundo, bailen mejor o peor, porque yo entiendo que habrá niños y niñas que puedan llegar a ser profesionales, pero yo lo que quiero es formar público. Quiero crear un público crítico, que tenga criterios propios, que sepa evaluar y que cuando vayan a ver un ballet no les tomen el pelo. Me preocupa que los niños, lleguen o no a ser profesionales, sepan el trabajo que hay detrás del ballet y que, cuando venga una Compañía, no aplaudan simplemente porque estén bien vestidos o porque haya muchos bailarines en escena.

- Hace unos meses Roger Salas publicó una crítica en la que hablaba de lo que llamó “balllet basura”, refiriéndose a lo mismo…

Sí, es que hay gente en España que no diferencia a una buena Compañía de una mala. Te dicen que traen a una Compañía rusa, pero son pseudo-Compañías que nadie conoce. Esto es un trabajo de base que hay que hacer, hay que enseñarles a diferenciar.

- Cuando has dado clase en España, ¿has visto muchas diferencias en el físico y estilo de los bailarines y bailarinas con respecto a los franceses?

No. El estilo se puede educar.

- ¿Cómo ves el futuro del Ballet de la Ópera de París ante la inminente llegada de Benjamin Millepied como director artístico?

El futuro lo dirá.

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