Desde hace décadas celebramos cada 29 de abril el día mundial de la danza. Hoy es un día para bailar, para hacer sonar el ruido de la danza en las calles, pero también, por qué no, para reflexionar.

Lo que hoy festejamos es el aniversario de nacimiento de Jean Georges Noverre, un coreógrafo y teórico del ballet francés nacido en 1727. Fue el maestro ruso Piepor Gusev quien decidió institucionalizar este día, en un gesto que ha contribuido todavía más a la universalización de la danza francesa. Es el día mundial de la danza, pero el símbolo que lo representa es el de un ballerín y coreógrafo de ballet.

Noverre tiene un pensamiento estético propio que ha quedado reproducido tanto en su correspondencia (parte de la cual está traducida al castellano y que se conoce con el título “Cartas sobre la danza y los ballets”) como en los prólogos de sus argumentos de ballet, o en los libretos de sus actuaciones.

Una de las facetas menos conocidas de este teórico es su fructífera relación con los filósofos. Si bien los pensadores del ballet siempre han participado en las reflexiones de las bellas artes Noverre es, sin ninguna duda, uno de los teóricos que más relacionado estaba con las ideas artísticas de su época.

Y es que Noverre es un pensador Ilustrado. Su estilo de ballet es creado a la par que los principios que han dado origen al teatro moderno, en plena Ilustración. Eso hace que esté en consonancia con otros autores del ballet -como su predecesor Cahusac y su discípulo Angiolini- y que presente sus ideas como amigo de Diderot y enemigo de Voltaire. Noverre es el padre del “ballet de acción”, una forma de bailar más centrada en la expresividad que en los elementos formales. La polémica que lo origina, parte de una crítica que los filósofos hicieron contra la música conocida como la “querella de los bufos”. Los nuevos racionalistas aborrecen lo fantástico, lugar principal donde se guardaba el arte del ballet. Por eso claman contra el “ballet puro”, ése que no quiere significar nada y que solo ejecuta movimientos de virtuosismo técnico.

¿Qué hay de filosófico en la crítica al “ballet formal” que precede a la creación del “ballet de acción”? La lucha entre lo formal y lo gestual, lo abstracto y lo expresivo, lo matemático y lo narrativo, la gimnasia y la pantomima. Llámese como se quiera. Es dualismo.

Pero ¿qué tiene que ver todo esto con nosotros, hoy, día 29 de abril del 2012? La Unesco elige este día como motivo de celebración por un francés considerado el padre del ballet moderno.

En efecto, Noverre tiene un estilo profundamente moderno de escritura. Y una de las características más importantes que diferencian a los clásicos de los modernos es que éstos últimos siempre se crean una imagen- aunque sea ficticia- de los antiguos, para proclamarse como diferentes a ellos. O dicho de otro modo, generan su identidad como modernos en contraposición a los clásicos. Las identidades se crean a partir de la diferencia. Por ejemplo, los españoles y los argentinos compartimos la mayor parte de las cosas a la hora de hablar, pero diremos que lo propiamente español -o lo propiamente argentino- es eso que nos diferencia (que unos vosean y otros no, pongamos por caso)

Y Noverre, como casi todos los modernos, tiene una imagen negativa de los antiguos. Lo que sucede es que cada autor entiende la antigüedad de una manera distinta. En el caso de nuestro autor lo “antiguo” es, por un lado, la pantomima romana (de la que su forma de hacer ballet se diferencia, y que le sirve para reflexionar de la mano de autores de la talla de Platón y Aristóteles) y por otro, los que hacían ballet antes que él, en su propio siglo. Noverre sostiene que desde Lully (o sea, desde tiempos de Luis XIV) el espectáculo de la danza es una alineación que sirve más para la vista que para la expresividad. Y es la lucha contra lo clásico lo que convierte a Noverre en moderno, no tanto su predisposición a aceptar que el sentimiento ha de estar por encima de lo técnico.

Es el propio Noverre el que insiste en que son necesarios los principios técnicos para poder expresarse con el corazón. No son pocas las veces que este pensador de la danza desprecia a aquellos pueblos (los “salvajes”) que se mueven sin principios. Se trata de dirigirse al alma, pero por medio de la vista, de tal manera que se puede hablar de “cannon” del ballet de acción. De hecho, Cahusac no hace otra cosa que racionalizar los principios del ballet de acción. Este es el motivo por el que Noverre defiende ideas tan propias de la técnica del ballet como “en dehors” (el giro rotatorio de las piernas hacia fuera para dar imagen de perspectiva del cuerpo) o el claroscuro (una idea que proviene de la pintura y que en el ballet significa la contraposición de la postura entre brazos y piernas) En este sentido, Noverre es tan hijo de Luis XIV como Balanchine.

Pero ¿qué tiene que ver todo esto con el aquí, con España? Hace unos días tuvimos la oportunidad de escuchar a Nacho Duato, uno de los coreógrafos más internacionales de nuestro país.

España se encuentra inmersa desde hace décadas en una polémica en torno a la dirección de la Compañía Nacional. Oyendo los comentarios de algunos de sus protagonistas, cualquiera diría que aquí solo existen dos bandos perfectamente definidos en torno a la danza: por un lado los amantes del ballet clásico (que solo quieren ver reproducidas una y otra vez vez el “Lago de los cisnes” o “Giselle”) y por otro, los modernos.

Pero es que ni siquiera en el siglo XVIII, con Noverre, se presenta una imagen cliché de los antiguos y los modernos. Para el autor, los antiguos no son esos absolutistas en contra de la libertad que se han quedado anclados en un mundo obsoleto, y los modernos los liberadores de la arcaica sumisión. Ni los modernos aquellos que solo están siguiendo una moda pasajera, y que no tienen más que ganas de novedad y que, como consecuencia de su inmadura juventud, no quieren atenerse a ninguna norma. Como se puede ver, hasta Noverre y sus discípulos aceptan que es necesario un cierto anclaje para poder expresarse. No es la idea de expresión pura lo que defiende, sino la expresividad que prevalece sobre un marco técnico dado.

Desde la modernidad, la polémica entre el ballet clásico y la danza moderna está a la orden del día. Pero ni siquiera cuando se produjo la crisis del arte europeo (con las llamadas “vanguardias artísticas” del siglo XX) se presentaba una imagen de los antiguos y los modernos reducida a una mera cuestión de gustos. En los Manifiestos de estas corrientes artísticas se puede leer cómo, en efecto, la polémica de lo clásico y lo moderno está vigente, pero tiene una profundidad apabullante.

Pero quedémonos con lo español. Cuenta una anécdota que en una ocasión, el pintor Ramón Gaya (un hombre cuya obra estaría, en principio, muy lejana a las llamadas “vanguardias”) fue a visitar a Picasso a París y volvió contando que ese señor no sabe pintar, pues no vio en su estudio ni pinceles, ni paleta de colores. Como dejó escrito “eso que hace Picasso no es, en efecto, pintura”. O como cuenta el chiste que el filósofo José Luis Pardo recoge en su libro “Estética de lo peor”: un automovilista escucha en la radio de su coche la noticia de un conductor que circula en sentido contrario y añade para sí que no se trata de un solo conductor, sino de todos menos él.

Sirva esto como metáfora para explicar que hoy, los términos se han subvertido tantas veces, que ya no se sabe quién es el que va en dirección contraria y quién no. Es más, a veces no se sabe si quiera si existe algo así como “una correcta dirección”.

No hemos salido del dualismo. Simplemente, nos relacionamos de forma distinta con él.

¡Feliz día internacional de la danza!


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