El festival de cine Documenta Madrid ha contado con un cortometraje sobre danza. Se trata del premiado “Un cisne americano en París” escrito, dirigido y producido por Arantxa Aguirre, también directora del documental “El esfuerzo y el ánimo”.

La directora -antes de comenzar la proyección y después de los agradecimientos de rigor ante este cuidado film- se ha dirigido al público para presentarlo afirmando que no ha sido algo pensado, sino más bien algo que ha surgido. Como dijo John Lennon “La vida es eso que nos está pasando mientras hacemos planes para el futuro”. Por eso, simplemente nos invita a ver su obra como si se tratase de un cuento: “Érase una vez una bailarina…”

Como puede verse en el trailer, la protagonista es la bailarina norteamericana Kathleen Thielhelm que lleva en primera persona la narración del relato a partir de la andadura hacia la representación en el Palacio Garnier de París de la obra “Webern, Opus V” del coreógrafo Maurice Béjart. Antes de entrar en su Compañía, trabajó durante nueve años como solista del Joffrey Ballet. El relato es sencillo: la bailarina rusa que tenía que actuar el día del estreno se pone enferma y ella tiene que sustituirla, a pesar de que no la tocaba bailar hasta tres días después. Entre tanto, puede verse el recorrido de la protagonista que, acompañada de Gil Román -director artístico de la Compañía- asiste a clases de ballet y a ensayos de la obra.

Maurice Béjart es uno de los grandes de la danza, por eso es mejor hincarle el diente poco a poco. Esta es una buena excusa para traer a colación algunas de las características de esta coreografía y por tanto del ser teórico del apodado “filósofo de la danza”. Lo haremos siguiendo lo que dice el documental y añadiendo algunos datos (cuyas ideas centrales pueden leerse en francés en el programa de la Ópera de París de mayo/junio de 2003) que ayudan a su estilización teórica. Quizás, y para no atragantarse, sea mejor ver primero la propia obra. En el siguiente vídeo pueden ver una interpretación a cargo de Metzger Márta y Markó Iván.

La bailarina Thielhelm comienza diciendo que bailar con Béjart requiere alma, ya que cada paso tiene un significado. Sus ballets están llenos de desnudez, por eso hay tanta verdad y libertad. En efecto, el propio Béjart afirma en sus escritos que se trata de una obra de suspense, donde es necesario hacer consciente cada uno de los movimientos. El movimiento, entendido como arranque de la inmovilidad, es conciso, directo, pero también ligero, por eso da imagen de libertad.

Parte de estas ideas pueden verse en el documental, donde los ensayos ocupan la mayor parte del film. De lo que se queja la protagonista durante el ensayo final es de no poder matizar algunos aspectos técnicos. El control milimétrico de este paso a dos realizado con puntas parece contradictorio con las ideas que suelen atribuirse a lo contemporáneo.

Béjart expone bien sus contenidos coreográficos en esta obra, estrenada en el palacio Garnier el 29 de abril de 1967 e interpretada por Jacqueline Rayet y Jean-Pierre Bonnefous. Su trabajo se centra en la utilización formal de la técnica a partir de la cual, si acaso, deviene lo narrativo. En este caso, se trata de la complementareidad de los sexos. En el documental interviene Jaqueline Rayet (a la que recurren a la hora de reponerla para captar los matices) que asegura que Béjart no quería imponer un significado, sino que prefería que cada cual se hiciese el suyo a partir de cosas tan simples como miradas o respiraciones. En efecto, si se sigue lo que el coreógrafo dice en su obra traducida al castellano “Carta a un joven bailarín”, no imponer una idea narrativa determinada (como es por ejemplo una historia de amor en el caso de Giselle) es algo que lo diferencia de los clásicos. Éstos, más allá de la obra en general, suelen atribuir un significado concreto a cada uno de los matices del movimiento. Béjart acepta cada una de las subjetividades del público por eso, en lugar de montar un Relato, prefiere que cada uno se monte su propia historia.

De la misma manera que el compositor Webern trata los acordes musicales tradiciones, Béjart hace nacer deformaciones de los movimientos clásicos que se disocian para surgir de nuevo de una pureza reconquistada. El equilibrio de la construcción coreográfica – un adagio, una variación de los dos bailarines, y una coda final- traducen el recuerdo de la armonía ideal. Esta claridad académica se forja sobre un trabajo de las rupturas y las formas alteradas que sacan a la luz la singularidad de cada individuo. Y así, con este ejercicio de apropiación de la concisión musical, Béjart coreografía una obra intimista en la que se filtra la emocionalidad de sus intérpretes.

Rayet también sostiene que la coreografía dice mucho con muy pocos pasos, algo que se consigue gracias a la música. Se trata de “Cinq pièces pour quatuor à cordes” del compositor Anton von Webern de la que si se hace un ejercicio de escucha atento, se puede apreciar el lirismo y el romanticismo. Y efectivamente, el día del estreno la bailarina protagonista va al escenario para escuchar la música y marcar los pasos, a pesar de que en principio no la tocaba actuar ese día.

Es la tercera vez que Béjart trabaja con la música de este compositor, y en este caso lo presenta con una escenografía depurada y un vestuario simple pensado para remarcar la línea del cuerpo. El estilo de la iluminación sobre el cuerpo de los dos bailarines es una influencia de music-hall.

Pero a través de este documental, también pueden apreciarse otras cosas que no han cambiado. Es el caso del saludo, donde la bailarina está a punto de llorar cuando cae el telón e inmediatamente sonríe dentro de su personaje cuando lo suben. En los ballets clásicos, como en muchos contemporáneos, el saludo está reglado. Quienes saludan no son tanto los bailarines como sus personajes, y en ellos puede verse la jerarquía intrínseca a la Escuela. Por eso nos saludan en línea ascendente desde el cuerpo de baile hasta los protagonistas. Esta coreografía es un dúo, algo ya de por sí impensable para los clásicos. Thielhelm exclama nada más salir exclama “Por fin ha terminado” y su maestro le felicita por “haber aguantado la tensión”.

Continuando con las cosas que no cambian, el día del estreno puede verse entre el público a Brigitte Lefrève (actual directora del Ballet de la Ópera de París) y a los bailarines nerviosos por no saber si van a estar a la altura de esa institución. En un momento del cortometraje la protagonista cuenta que bailar en la Ópera de París es el ideal de todo bailarín. Lamentablemente no podemos preguntarle a todos los bailarines si están de acuerdo con ello, pero quizás el propio Béjart -que tuvo unas relaciones algo conflictivas con esta institución- dudaría de una afirmación así.

El film termina con Kathleen Thielhelm haciendo contenta unos pasos de claqué y su profesor Gil Román exclamando un divertido “Estos americanos…”

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