Dentro de la “Semana del Cortometraje de la Comunidad de Madrid” se ha proyectado el documental “Juan y Teresa” que, dirigido por Arantzxa Aguirre y montado por Valeria Gentil, es homónimo del famoso “pas de deux” del genial coreógrafo Maurice Béjart.

La coreografía, creada en 1997 con “música tradicional española”, fue repuesta en julio de 2007 dentro del marco del Festival de Música y Danza de Granada que, bajo el epígrafe “Españoles en París”, tuvo como objetivo mostrar las relaciones entre los dos países. La obra evoca el misticismo católico de San Juan de la Cruz y Santa Teresa de Ávila (de ahí su nombre) y surgió de la temprana lectura del coreógrafo de los versos de “la noche oscura“.

Arantxa Aguirre lleva años haciendo documentales sobre el “Béjart Ballet Lausanne”, algo que no sólo está permitiendo documentar parte de la obra del coreógrafo, sino entender su significado. Y es que la óptica desde la que está filmado es la de alguien que conoce el ballet desde dentro. Como dijo en la presentación, el film responde a la idea de “haz historias que amas”. El resultado es un cortometraje de unos diez minutos sobre el “paso a dos” de Maurice Béjart interpretado por Gil Román y Elisabet Ros donde puede verse la coreografía, intercalada por las palabras de los bailarines protagonistas, grabada en los Teatros del Canal.

No sé si es fruto de la selección, pero cada afirmación que hacen resulta una cuestión de trascendencia para la danza en general, y para el ballet en particular. Por eso aprovecho para traer a colación una reflexión a partir de las palabras de los bailarines que espero que se parezcan lo más posible a las originales o, al menos, respeten su esencia.

Elisabet Ros comienza contando que “de pequeña quería ser médico (…) porque quería estudiar el cuerpo, esa máquina perfecta”. Las relaciones entre la medicina y el ballet son históricas. Hacer ballet, dicen casi todos los teóricos, es bueno para la salud y es recomendable especialmente para las mujeres: ellas que se pasan gran parte del tiempo quietas, pueden paliar la melancolía (considerada una enfermedad hasta prácticamente el siglo XX) haciendo movimientos reglados y con sentido. La danza es saludable. Al fin y al cabo, la medicina y la danza comparten objeto de estudio: el cuerpo. Actualmente la presencia de los estudios de medicina en danza sigue siendo abundante, abarcando desde la prevención de lesiones, hasta la biomecánica aplicada al ballet.

Pero no es menos sorprende que Elisabet Ros diga que el cuerpo es una máquina perfecta. Y es que en la técnica del ballet se parte de una matemática que maquiniza el cuerpo. El trabajo de desglose de la matemática se hace durante la clase de ballet, pero en el escenario se ve arte. Y es que como en todas las artes se parte de una técnica, pero para hacer otra cosa. En el caso del ballet, la técnica es un lenguaje que sirve para expresar algo, una idea más pertinente si cabe en el caso de Maurice Béjart ya que como coreógrafo de ballet contemporáneo, utiliza la base matemática del ballet, pero para hacer algo distinto con ella. Algo que en el caso concreto de “Juan y Teresa” termina bajo el zapateao de Carmen Amaya.

Con las siguientes afirmaciones, intercaladas como siempre por la coreografía, parece como si los bailarines estuviesen hablando sobre el silencio, o quizá más bien, sobre el lenguaje mudo que es la danza. Gil Román afirma “No soy muy sociable, por eso me dedico a esto”, mientras Elisabet Ros reconoce “me cuesta hablar, por eso me gusta bailar”. El bailarín está acostumbrado a estar el silencio. La clase de ballet, normalmente enclaustrada en una disciplina ancestral, se hace en silencio, como si eso fuese una preparación para lo que será la silente vida artística del bailarín. El significado mismo de la danza está relacionado con el silencio. Un silencio que, sin embargo, no tiene por qué estar reñido con el saber. Como afirma Gil Román “la danza es una forma de conocimiento (…) para la música, para uno mismo. En el escenario hay sensaciones que jamás se pueden traducir a palabras”, o como dice su partenaire “cuando bailas no hay que ponerle un nombre a cada cosa”. Pero que, como dice Elisabet Ros, no sea necesario ponerle un nombre a cada paso, no quiere decir que se carezca de lenguaje. Béjart trabaja muchas veces con el gesto abstracto, con la emoción que se transmite con cada movimiento, pero al que no quiere imponer un significado unívoco para diferenciarse del coreógrafo clásico que, como puede verse por ejemplo en las partes de pantomima de los ballet de Marius Petipa, determina el significado de antemano.

Elisabeth Ros también afirma: “Empiezas tan joven que haces cosas que no entiendes. Cuando por fin entiendes, lo tienes que dejar”. Con ello, está haciendo referencia a una de las grandes paradojas de ballet. Y es que el ballet clásico bebe de la idea neoclasicista de la belleza del cuerpo joven. Y aunque la técnica del ballet parte de una conceptualización artística tan profunda como otras artes, se aprende a una edad cuyos principios no se pueden entender, o al menos, no se suelen explicar. Pero precisamente por eso quedan grabados en el cuerpo del bailarín antes de que puedan ser racionalizados, y quizá sea justamente por eso por lo que desligarse de ellos sea tan difícil después.

Pero al fin y al cabo, esta coreografía es un paso a dos. Gil Román habla del “pas de deux”- el dúo utilizado tan a menudo en el ballet- como “el encuentro de dos personas que deben adaptarse. Eso es lo bello, estar al servicio del otro, la escucha del otro. En el paso a dos se da la imposibilidad de instalarse, la destrucción de la seguridad”. En el ejercicio del paso a dos se da la intersubjetividad entre dos bailarines que han aprendido a matematizar sus cuerpos.

Gil Román continúa explicando que “el escenario no tiene nada que ver con la vida cotidiana”, y Elisabet Ros ayuda a fortalecer esta idea cuando dice “si hay problemas, ésos se quedan en el ensayo. En el escenario sólo se produce el momento mágico”. Quizás habría que añadir, “si sale bien”. Y en efecto, ¿qué representa el ballet sino un cuerpo trabajado que se escapa de lo cotidiano, que no suda, que no sangra, que sólo crea belleza y armonía? Un cuerpo conectado en todo momento con lo bello es un cuerpo irreal. Elisabet Ros también dice que “la danza no es un trabajo, es una forma de vida”. Diferenciar las fronteras entre lo cotidiano y lo extraordinario resulta difícil en el caso de los bailarines, ya que conseguir proyectar un cuerpo armonioso, aunque sea durante un ratito, requiere un trabajo cotidiano.

El inicio del documental recoge las palabras de Maurice Béjart que ilustran muy bien la relación que se da en un paso a dos. “De todas las artes, la danza es la única que consigue lo que el amor quiere: la armonía entre dos seres”. Algo que se busca en lo ordinario del día a día, pero que sin duda es extra-ordinario.

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