Recientes inmersiones en el mundo de la danza, acompañado de los flagrantes ataques que todas las Instituciones, sin excepción, están viviendo en España, me llevan a pensar en el papel del Conservatorio.

Los medios que necesita la danza, como los de la filosofía, son simples; de hecho, son tan pocos que atacarlos constituye una forma de violencia en sí. Estos colectivos no reclaman grandes medios, en cambio, cuando hay época de crisis, son los primeros en ser devaluados. Y es curioso, porque a nivel nacional, mantener con vida a las pocas personas que se dedican a la danza no supone un gran gasto. No es raro que los miembros de estos colectivos sospechen que se trata de una burda excusa para acabar con ellos.

Si la Sanidad, la Educación o la Justicia sufren recortes, el arte no es una excepción. Nadie duda de los ataques que el Conservatorio, y por extensión el colectivo educacional de la danza, está sufriendo. Me consta que hay muchas propuestas, todas encaminadas a paliar esta mala situación. En esta época, en la que las circunstancias parecen propiciar, todavía más, la flexibilidad de las Instituciones forjadas hace siglos, invito a reflexionar sobre la conversión del Conservatorio a la lógica cientificista como único medio de salvación.

Ahora bien, ¿qué es la lógica cientificista?, y sobre todo, ¿es ésa la lógica inherente al Conservatorio? Una de las cosas que seguro puede hacer todavía la filosofía es reflexionar: nos movemos en el plano de lo discursivo, por lo que podemos argumentar. Daré unas breves pinceladas a partir de dos conceptos: tiempo y poder.

Respecto al tiempo:

-Conservatorio tiene mucho que ver con conservar, con guardar. Hay algo de inherentemente clásico en el Conservatorio, clásico en el sentido más antiguo del término: que nada cambie, que todo permanezca, para que así podamos seguir haciendo cosas. Y es que, en general, para los clásicos el cambio es concebido como una amenaza: cuando se hace historia es precisamente en épocas de revolución o fuertes cismas, como un gran cambio social o una gran catástrofe natural. Frente a ello es preferible la calma de la inacción, y las Instituciones tienen mucho que ver con la creación de espacios físicos donde poder estar tranquilo frente a los inevitables cambios externos. Por eso crean leyes que tienen vocación de permanencia en el tiempo. Esta actitud se ve mejor reflejada en unas instituciones que en otras, y el ballet clásico, con su inherente anacronismo, es uno de sus mejores representantes.

Así, la pasión por el riesgo, por la aventura, por el cambio y la rapidez que eso conlleva, es totalmente nueva: es por eso que novedad es una de las palabras que analizan filósofos, historiadores y sociólogos cuando se refieren a nuestra época.

Actualmente, vivimos en el tiempo del Capitalismo, donde los trabajos tienen que ser hechos y terminados en un lapso muy corto y además, deben tener una repercusión económica directa y específica. La lógica de su tiempo mercantil no es la misma que la del Conservatorio (y no sólo del ballet clásico, sino del arte contemporáneo que allí se germina) En la reglamentación de esta Institución (desde las “Cartas Patentes” hasta el BOE) se expresan valores que se asientan precisamente en su decisión de protegerse del tiempo (es decir, del devenir, de los cambios) Me pregunto si la única salida para salvar el estado actual es ceder al tiempo capitalista; o, al menos, se puede pensar en el hecho de que si se consiente que el Mercado, con sus reglas, entre de forma específica en el Conservatorio (por ejemplo, que se le siga financiando siempre y cuando sus bailarines encuentren trabajo en el año siguiente a graduarse) tendrá consecuencias en el arte mismo, porque los formatos influyen en el contenido. Pueden llegar a pedir, como han hecho ya en muchos otros ámbitos, que el tiempo de formación se reduzca.

Frente a ello, me pregunto por las condiciones propias que el Conservatorio tiene para defenderse: al hecho de que su producción pueda medirse con criterios propios (educativos y artísticos) y no ajenos (mercantiles)

-Sobre el poder:

Empecemos por el principio, ¿qué es el poder? Me valgo de una definición cercana a la del filósofo Michael Foucault, aunque la suya es muy amplia y llena de matices que exceden esta parca reflexión. El poder es una forma de relación asimétrica pero no por ello esencialmente negativa, aunque puede usarse con fines perniciosos: por ejemplo, entre el profesor y el alumno se establece una relación de poder donde la jerarquía dicta que uno sabe y otro aprende. Es cierto que los límites no siempre están tan claros (¿acaso no aprenden los maestros dando clase?) pero en todo caso, no es esencialmente negativa, aunque esté henchida de poder. Es decir, no toda forma de poder es mala. Y sobre todo, el poder es necesario, es algo que opera en todas las relaciones humanas, desde las familiares hasta las sociales.

La forma de poder del siglo XVII (cuando nace la institución del Conservatorio) se denomina disciplinaria y se caracteriza porque el poder se ejercía de forma directa sobre los cuerpos. Así, si el monarca absolutista de una orden, el pueblo la cumple. Este tipo de forma de poder se ejercía, sobre todo, en espacios cerrados: Michael Foucault, en su obra Vigilar y Castigar, analiza cómo se expresa en la escuela, en el hospital y en la cárcel. En estas tres instituciones (Educación, Sanidad y Justicia) se ejerce la disciplina, entendida como una forma de poder milimétrico que se vierte sobre los cuerpos. Como se ve, la disciplina es un mecanismo que ayuda a interiorizar la norma y que puede ejercerse sin necesidad de gritos o reproches.

Foucault se hubiese sorprendido al descubrir que hay más disciplina en una clase de ballet que en una institución militar (el soldado controla en general la posición de su cuerpo, pero no lo milimétrico, como los dedos de los pies o los músculos de las manos, algo que sí hace el bailarín) De ahí procede el hecho de que cuando un profesor de ballet marca “pas-de-bou-rrée”, el cuerpo del bailarín reacciona de forma directa a la orden del maestro, ejecutando cada una de las partes del ejercicio al mismo tiempo que la palabra del profesor. La música debe, a su vez, sonar de forma inmediata a la orden dada.

Pero el poder disciplinario era el propio del siglo XVII y XVIII, y no es el actual. Se dice que vivimos en sociedades de control o evaluación. El poder, que sigue siendo necesario en las relaciones humanas, no ha dejado de existir, pero ha cambiado de forma. Es verdad que ya no hay monarcas absolutistas que se auto-proclaman los representantes de Dios en la tierra, pero las actitudes paternalistas de quienes ostentan hoy en día el poder, se mantienen. En nuestras sociedades, el poder se ejerce de forma mucho más indirecta y abstracta, y a pesar de ello, es mucho más omniabarcante. Ya no se trata de controlar lo que pasa en determinados lugares cerrados (como la clase, o la cárcel) sino que, por ejemplo, se pretende analizar de antemano las condiciones mentales (psicológicas y físicas) que pueden llevar a crear futuros delincuentes. El poder es más abstracto porque se juzga mediante criterios (o sea, conceptos) que, por cierto, están reglamentados de forma burocrática. Por ejemplo; control ejerce el médico que estudia al bailarín midiéndole las pulsaciones: no le ejerce un poder de forma directa (es más económico, no necesita estar todos los días con él en la clase de ballet) pero le instruye a  partir de categorías (puede tener medidores biométricos) El médico puede recomendarle qué peso debe tener en función a lo que diga la Organización Mundial de la Salud, para lo cual el susodicho bailarín llevará una dieta, es decir, la recomendación del médico influirá de forma directa en su día a día, en lo que come, pero el camino no es tan inmediato como el del profesor de ballet que marca el ejercicio; es también el psicólogo que analiza, por ejemplo, los niveles de ansiedad en bailarines. Lo es porque traslada su método científico (los observa, toma muestras, realiza entrevistas) cuyos resultados, al cabo de un tiempo, acaban por tener repercusiones reales en los bailarines; lo es el pedagogo, quien cuestiona o decide con parámetros externos las condiciones educacionales de los Conservatorios que ya no tienen por qué regirse por criterios propios y por lo tanto artísticos, sino que pueden influir motivaciones de otro calado. Estas son también formas de poder y como tal, no liberan, atan de forma distinta.

Las formas de poder de las sociedades de control están unida a una determinada metodología científica que en nuestra época, se asocia con la Verdad: este tipo de poder se ha unido muy bien al discurso cientificista o positivista (que no es la única opción dentro de lo científico, no es su único método). En todo caso, se aplican con criterio científico para darle carácter de Verdad y porque, al ser datos concretos, se adaptan mucho mejor a la lógica burocrática.

Cabe tener en cuenta, al menos, una importante cuestión de contexto: el Conservatorio -ya con Luis XIV en su primer proyecto, pero también en los BOE de España hasta hace no tanto- participa de la idea de la separación de poderes/saberes: desde la Modernidad, los saberes estaban divididos en facultades, en escuelas o en Conservatorios, queriendo dejar constancia con ello de su radical autonomía. La Ciencia también estaba separada y su discurso, tan sólo uno entre otros, no osaba meterse en los demás. El Siglo de las Luces es el de la mayoría de edad de la humanidad. Adultez e independencia tienen mucho que ver, ya que el adulto es quien se autogestiona. Luis XIV por ejemplo, en lo que nos concierne, explica por qué la danza ha de estar separada de la música: y no es que odie a la música, ni que crea que los ballets no deban estar acompañados por ella. Cuando argumenta su necesaria separación, está defendiendo la especificidad propia de la danza. Con estos mecanismos se pone en juego las definición y por lo tanto la esencia de la danza, que va unida a una determinada forma de protegerla (las leyes o normas de la escuela)

La cuestión es que, como puede verse, la clase de ballet en el Conservatorio se rige por una lógica que nada tiene que ver con la evaluación y el control, que es la típica de nuestro tiempo. El Conservatorio tiene, gracias a una realidad forjada históricamente, una capacidad de decirse a sí mismo esto es, una conceptualización propia que no necesita de un lado exterior que la sustente. Porque, recordemos, uno de los motivos de la separación de las instituciones era permitir su auto-regulación. Que nadie externo al propio saber o arte lo juzgue, porque nadie lo conoce mejor que sus protagonistas.

Nadie duda de que aceptando la lógica mercantil o cientificista le vaya mejor materialmente a la danza: son quienes ostentan el poder y por lo tanto, los que controlan los medios.

Es verdad que el arte ha cambiado, como el mundo. Pero siempre, al menos hasta ahora, había seleccionado determinados límites que no consentía cambiar. Y no lo hacía, al parecer, porque ponen en juego su esencia. Y es que aceptar que otras lógicas entren en lo artístico influye en su resultado.

Pero, más allá de las condiciones materiales, me planteo las sumisiones discursivas: si es mejor la investigación en danza porque sea científica; si la danza debe ser gestionada por programadores y gestores culturales externos a la disciplina. Consciente de que el Conservatorio, como Institución, tiene herramientas propias para ir por el mundo ¿hasta qué punto se tienen que permitir que criterios ajenos rijan esta Institución? o dicho de otro modo, ¿qué hay que conservar del Conservatorio?

Se trata de cuestiones que tienen al Conservatorio como punto de partida simbólico pero que, en realidad, conciernen al mundo de la danza en general.

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