La Residencia de Estudiantes, Institución protectora de la juventud de la cultura española desde hace décadas, acogió ayer la presentación del nuevo libro de la historiadora Idoia Murga. A pesar de que no he tenido ocasión de leer todavía el nuevo texto, el solo contenido del acto de presentación merece una reseña. Además, su autora -historiadora del arte especializada en danza- desarrolla desde hace años investigaciones en torno a la relación entre la escenografía y el ballet en España durante la primera mitad del Siglo XX. Estos estudios dieron a luz su tesis doctoral “Escenografía de la danza en la Edad de Plata (1916-1936)” que, publicado por el Consejo Superior de Investigaciones Científicas, es un exhaustivo repaso que refleja la fructífera relación que los artistas españoles tuvieron con la danza: desde la Compañía de los Ballets rusos de Diaghilev, hasta Isadora Duncan y la danza estadounidense, y figuras de la vanguardia como Picasso, Matisse, o Massine. El texto deja claras las influencias directas y específicas que el arte europeo, incluido el ballet clásico, dejó a su paso por España.

Miguel Ángel Puig-Samper (director del departamento de publicaciones del CSIC), -institución por excelencia de la investigación en España- es quien ha iniciado la presentación, señalando la exclusividad de la temática, dada la actual falta de bibliografía al respecto.

Rafael Argullol, catedrático de Estética y Teoría de las artes en la Universidad Pompeu Fabra, trata en sus escritos un tema que vertebra la obra que nos ocupa: la transversalidad. Sostiene que el diálogo y la conexión entre las diferentes disciplinas artísticas es lo natural, siendo que aunque no sea hasta el Siglo XX cuando se utilice la expresión “obra de arte total”, la sinergia entre artes tiene su origen en el gran paradigma de la cultura europea: la tragedia griega. Ya los artistas del Renacimiento, en su afán por resucitar el arte greco-latino, crearon la “ópera” no tanto con la intención de inventar un nuevo género musical como de recuperar la integración de todas las artes. Más adelante, en los siglos XVIII y XIX, coincidieron dos elementos que también permiten hablar de simbiosis entre las artes: la música y la poesía (bajo el dios Orfeo) y lo que hoy se conoce como “escenografía” que por aquel entonces era una mezcla de “pintura de caracteres” y danza. Todo ello permite afirmar que lo que actualmente se piensa como desarticulado (la danza y la escenografía) en Grecia estaba intrínsecamente unificado y por lo tanto, que lo ha estado desde los orígenes. Lo mismo sucede con el actual “body art” (el “arte como cuerpo”) muy ligado a la forma de entender el arte en los orígenes precisamente por el papel preponderante de la danza.

Idoia Murga, en este libro, recupera esa unión de las artes entendida como integración, siendo que lo que ella estudia aplicado al ámbito español es esencial a todo el ámbito europeo. Aunque podría haber una genealogía en el romanticismo, con su utilización de fondos escenográficos de pintores -rompiendo con el manierismo clasicista preponderante hasta entonces- no es hasta las vanguardias cuando se llevó a cabo de forma plenamente consciente la “transversalidad”. “Cada lenguaje artístico ha tenido envidia de los otros” en tanto que se ha dado cuenta de las limitaciones de su propia disciplina artística y ha querido traspasarlas, hecho que le ha permitido fijarse en otras artes. Celos fecundos, donde lo español fue un contexto privilegiado hasta la Guerra Civil que, si bien frustró su desarrollo, también permitió la internacionalización de la cultura española, producida indirectamente por el exilio de muchos de sus artistas.

Idoia Murga comienza haciendo mención a la importancia de que la Residencia de Estudiantes acoja este acto. La mayor parte de la intelectualidad española del siglo XX ha pasado por esta Institución, y entre ellos, parte de los representantes de la danza: así por ejemplo, Federico García Lorca y “La Argentinita” presentaron la colección de canciones antiguas en esta Institución.

El título del libro le hace un guiño a dos protagonistas centrales de la danza española: por un lado, es un homenaje a Vicente Escudero (que además de bailarín fue pintor en el París de las vanguardias, autor del libro “Pintura que baila”, una verdadera joya que además de dibujos incluye refrescantes reflexiones sobre la danza) y Juan José Tharrats, pintor de profesión pero que fue escenógrafo de la danza y que, ya en 1950, publicó ”Artistas españoles y el ballet” (en la editorial Argos, Barcelona) destacándose como el primer teórico ocupado en este tema. A la autora le interesan, como ha señalado Argullol, las sinergias que se generan en las relaciones entre las diferentes artes.

El marco temporal del libro acota tres periodos diferenciados: la edad de plata, la guerra civil, y el exilio republicano. El año de inicio es 1916 por varios motivos; por un lado, porque fue entonces cuando Diaghilev inició su primera gira por España y por otro, porque fue el inicio de la relación entre Picasso y el ballet, ya que en ese año realizó la escenografía de “Parade”. 1962 es el año de finalización del periodo abarcado en este texto, también por distintos motivos; por un lado, por coincidir con la muerte en el exilio de Alberto Sánchez, considerado el emblema de los pintores que se interesaron por la danza; por otro, porque Picasso realiza su última aparición como escenógrafo; y finalmente porque George Balanchine (que fue director del New York City Ballet) realizó su primera gira por la Unión Soviética con Esteban Francés, entre otros españoles.

Con todo ello, queda patente que la danza forma parte de la cultura española. Y el libro, así como esta presentación, esperan colaborar a reflejarlo.

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