Hay una idea que se repite obsesivamente en la historia escrita del baile: “en tiempos de paz la danza sirve para la diversión, y en tiempos de guerra para defender a la nación”. Para el lector actual, la danza y la lucha pueden resultar dos materias distantes, pero una mirada cercana muestra que sus relaciones son mucho más estrechas de lo que a simple vista parece.

Y es que en realidad, ambas disciplinas han estado históricamente muy unidas. La guerra, tal y como se ha entendido en Occidente, es la máxima forma de organización de la violencia. Y precisamente por ser el apocalíptico despliegue de la masculinidad es el orden supremo: en ella, no sólo está ordenado el sistema general (el ejército al completo) sino cada una de sus partes (los soldados) ¿Qué relación tiene esto con la danza? El punto de unión con la danza está en el entrenamiento necesario para conseguir proyectar orden, lo que se traduce en un tipo de educación muy similar, o dicho de otra manera, al soldado y al bailarín se les ha educado del mismo modo durante mucho tiempo. Hay que tener en cuenta, entonces, que la formación en danza no siempre ha tenido una finalidad artística; su otro fin fundamental ha sido la preparación para la guerra, algo que ha ocurrido durante un largo periodo de nuestra historia en el que aprender a danzar era sinónimo de aprender a luchar. Y todavía más, el resultado de esa educación, en lo que concierne al orden producido en el espacio, también ha sido muy similar. Es el caso de los desfiles, cuya forma estilizada se consideraba un tipo de danza. La guerra es espectacular, y la danza es un espectáculo.

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Artículo disponible en euskera

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