Siempre hay una distancia entre la teoría y la práctica, o un abismo insalvable más bien. Un abismo al que se asoma cualquier ser hablante y que permea, por tanto, toda manifestación humana. Es el abismo al que se enfrenta el trabajador que tiene un nuevo aprendiz, el poeta que tiene que expresar el amor, o el teórico de la danza que tiene que traducir a palabras un arte que sólo existe en el inagotable fluir del movimiento.

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