En la cultura occidental, la danza se asocia habitualmente a la feminidad. Acostumbrados a declaraciones como las del famoso coreógrafo George Balanchine – quien afirmó que “la danza es una mujer”- se toma por natural una arcaica consideración: que la danza es femenina. Una idea profundamente aferrada en nuestro “inconsciente colectivo”, que hunde sus raíces en una determinada noción de movimiento que bien merece la pena detenerse a pensar.

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Artículo disponible en euskera

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