La última de las exposiciones del Museo-Biblioteca del Palacio Garnier de la Ópera Nacional de París ha girado en torno a los “Ballets Suecos”, una Compañía que, aunque eclipsada por el éxito de los Ballets Rusos, contó también para sus creaciones con multitud de conocidos artistas; poetas como Jean Cocteau, pintores como De Chirico o cineastas como René Clair estuvieron entre sus filas. Importantes en el conjunto del desarrollo del arte moderno, esta Compañía experimentó con la fusión de las artes plásticas y escénicas, con la danza libre e incluso con el happening.

La breve aunque justa exposición, se ha hecho gracias a los fondos de la Biblioteca Nacional de Francia (de la que la Ópera es sólo una de sus sedes que, accesible sólo a investigadores, está escondida detrás de la biblioteca que suele enseñarse al gran público) Aunque no se pueden hacer fotografías, hay bastante información digitalizada en Gallica. En esta ocasión, traduzco al español -con licencias- parte del programa de mano.

El creador de la Compañía es, como en el caso de los Ballets Rusos, un empresario con sensibilidad artística, una conjunción que suele darse en pocas ocasiones. Rolf de Maré (1888-1964) es un gran viajero descendiente de una de las más ricas familias aristocráticas de Suecia: entre sus pasiones está coleccionar obras de los grandes maestros de la escuela española de los siglos XVI y XVII (especialmente del Greco), así como de cubistas franceses (sobre todo de Picasso, Braque y Léger). Pero sus inquietudes artísticas se perfilan cuando conoce a Jean Börlin en 1918; este bailarín y coreógrafo tuvo la ocasión de trabajar con Michel Fokine y recoger la inspiración de los Ballets Rusos. Pronto entra a formar parte del grupo de la Ópera Real de Estocolmo y aspira a una carrera internacional que sin duda consigue: se convierte en el bailarín estrella de la Compañía y en su principal coreógrafo.

Jean Börlin en "Maison de fous", 1920 © Photo Isabey © BmO / BnF

Jean Börlin en “Maison de fous”, 1920
© Photo Isabey © BmO / BnF

Maré y Börlin congenian rápidamente y en seguida comienzan a preparar un proyecto artístico conjunto: crear una gran Compañía al estilo de los Ballets Rusos. La oportunidad de llevarlo a cabo se les da a través del periodista Jacques Hébertot (1886-1970) que va a Estocolmo con motivo de la gira de un grupo de comediantes franceses. En un primer momento, Maré encarga a Hébertot  organizar el “concierto de danzas” que tiene lugar en París el 24 de marzo de 1920 (una serie de solos, coreografiados y bailados por Börlin) De entre ellos destacan “Escultura negra” y “Arlequín”, un homenaje a la pintura de Picasso. Con ello, se dan los primeros pasos  que dan forma al proyecto artístico conjunto.

En un segundo momento, y después de haber intentado hacerse con diversos teatros en vano, Hébertot ficha por la nueva Compañía del “Teatro de los Campos Elíseos” y nombra a Maré como director. Constituidos ya como Compañía Internacional, los Ballets Suecos toman este teatro como su sede principal; allí es donde hacen la mayor parte de sus 26 creaciones, todas muy relacionadas con los miembros más eminentes de la Escuela de París. En efecto, los ballets suecos forman un perfecto laboratorio internacional e interdisciplinar gracias al concurso de este grupo de artistas extranjeros que buscan en el París de la época llenar sus aspiraciones de creación liberadas de todo academicismo.

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Los Ballets Suecos en el Teatro de los Campos Elíseos, “Nuit de Sant-Jeau”, 1920

Es entonces cuando el director hace traer a artistas de todas partes del mundo, que trabajan codo con codo al lado de bailarines franceses, escandinavos, suecos, daneses o finlandeses. Entre sus filas, escritores como Hans Christian Andersen o compositores como Kurt Atterberg. A su vez, los artistas franceses se benefician de la gran difusión de sus creaciones, gracias a las constantes giras que les llevan por multitud de países. Durante cinco años, los Ballets Suecos se convierten en la Compañía más importante de Francia y la Escuela de Paris encuentra en ellos a su mejor embajador.

Pero, ¿qué bailaban este conjunto de artistas? Los temas de los ballets suecos están inspirados en gran medida en el folclore escandinavo. Extractos del ballet “Divertissement” permiten dar un color local al grupo que remarca su identidad en parte a través de este exotismo. Características  por sus danzas agrícolas destacan las coreografías “Nuit de Saint-Jean” o “Dansgille” que tienen su origen en una ópera cómica de August Dahlgren; estos dos ballets, presentan la cultura de un condado sueco y muestran sus pasos y sus rondas ligeras, así como sus canciones y sus recitales típicos, interpretados por los propios bailarines. Otros ballets, en cambio, están inspirados por la cultura nórdica: es el caso de la religión protestante (en el ballet “Les Vierges folles”, que incluye una parábola bíblica), la historia (como en el ballet vikingo “Offerlunden”) o la literatura (como en “Maison de fous” o “Le Porcher”)

"Les Vierges folles", 1920

“Les Vierges folles”, 1920

Al igual que los Ballets Rusos, los Ballets Suecos están inspirados por los países lejanos. Ellos  también buscan ampliar el concepto de exotismo – de lo extraño y del extranjero- al que quieren dar nuevas traducciones plásticas. Así, muchas de sus coreografías se centran en los países tropicales: Hélène Perdriat sitúa “Marchand d’oiseaux” en las Antillas, con el estilo naíf de Douanier Rousseau; en “La creación del mundo”, Fernand Léger toma distancia con la etnografía, ya que presenta un África más fantasmática que auténtica.; en “L’Homme et son désir”, que se desarrolla en pleno en la Amazona, Audrey Parr da una visión abstracta del bosque brasileño. “Derviches” y “Le Roseau” son dos invitaciones a viajar a Oriente, en Turquía y en Persia respectivamente. Estas coreografías, llenas de imágenes de fuera de Occidente, son utilizadas por los Ballets Suecos para seguir su propia identidad cultural, cuya exótica fascina a los extranjeros.

"La creación del mundo", 1923

“La creación del mundo”, 1923

Pero los Ballets Suecos generan una identidad propia incluso en su universo conceptual. Es el propio Jean Börlin quien elabora el concepto de cuadro vivo coreográficoa partir de la rica colección pictórica de Rolf de Maré; como él mismo dice en 1923 “Este cuadro que tiende sobre mí una impresión, se transforma insensiblemente en danza. Estoy en deuda con los antiguos maestros y también con los modernos. Ellos me revelan sus pensamientos, de nuevas ideas y de nuevas danzas”. El traje imponente y las máscaras de Jean Hugo que llevan los bailarines para “Les Mariés de la Tour Eiffel”, anuncian los experimentos posteriores de Fernad Léger. Su primer ballet, “Skating rink”, constituye un ensayo de integración de los trajes y decorados con el fin de crear una imagen animada y rítmica. La forma circular de la cortina del fondo del escenario contraría la movilidad del cuadro vivo. En “La creación del mundo”, Börlin y Léger realizan finalmente su plástica coreográfica: decorados y vestuario se unen en perfecta armonía produciendo un efecto caleidoscópico sobre el espectador.

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Les Mariés de la Tour Eiffel Maquette de décor par Irène Lagut (BNF, Arts du Spectacle)

Esta forma de entender el movimiento les hace entrar en contacto con el cine, un arte que fascina a gran parte de los artistas de los años 20. Así por ejemplo, el joven comediante Charles Chaplin inspira la coreografía de dos ballets de Börlin: los pasos glisados de “Skating rink” imitan los desplazamientos sobre el patín, una reminiscencia de “Charlot Patine”, mientras que en “Within the quota”, Börlin toma poses de Charlot en “L’Emigrant”. Al final de su aventura, los Ballets Suecos se vuelcan hacia el cine experimental: René Clair realiza un intermedio cinematográfico con imágenes inversas y superpuestas, y entonces sucede que la obra “Entr’acte” es proyectada en el centro del ballet “Relâche”. Este ballet, representado una sola vez, aparece referido en la revista  “Cinésketch” en la que su creador, Francis Picabia, escribe sobre su particular punto de vista: “Hasta el presente, el cine se ha inspirado en el teatro, yo tengo ganas de hacer (en “Cinésketch”) lo contrario, aportando a la escena el método y el ritmo vivo del cine”.

Los Ballets Suecos no vuelven a ser más reproducidos sobre el escenario la Ópera de París, pero después de su disolución, muchos de sus colaboradores llevan a cabo su carrera en la Opéra-Comique antes de ser invitados como solistas o especialistas al Palacio Garnier. También, en 1927, el antiguo director de Orquesta de los Ballets Suecos, Désiré-Émile Inghelbrecht, recibe el encargo de un ballet, “Le Diablo dans le beffroi”. Después de ver presentado “Scènes dansées” en la Opéra-Comique en 1925, Carina Acri crea tres años después “Rayon de Lune” para la Ópera de París. La bailarina es después invitada para bailar “Le Cantique des cantiques” de Sergio Lifar, quien aprecia la puesta en escena de los Ballets Suecos y solicita los antiguos colaboradores de Rolf de Maré, siendo él mismo el que encarga muchas partituras de ballet a Arthur Honegger y a Darius Milhaud y el que monta  “Bacchus et Ariane” con Giorgio de Chirico (que ha conocido la escenografía de “La Farre” de Börlin en 1924), así como “David triomphant” con Fernand Léger.

"Entr´acte", Maré yBörlin en 1924

“Entr´acte”, Maré y Börlin en 1924

En 1952, Rolf de Maré dona una parte de sus colecciones a la Biblioteca-Museo de la Ópera, gracias a la cual podemos ver hoy exposiciones como ésta. Otras de las exposiciones realizadas por el Museo-Biblioteca de la Ópera de París se pueden ver online.

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