El director de la Compañía Nacional de Danza orquesta un gran acto simbólico que rebosa dignidad.

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CND “Don Quijote” Fotografía de Jesús Vallinas

Con la presentación de este “Don Quijote”, el director de la Compañía Nacional responde a una demanda que parte del mundo de la danza de España lleva haciendo décadas. Después de 25 años, ha hecho que sus bailarines interpreten un gran ballet de repertorio clásico (periodo durante el que había conseguido grandes éxitos gestionándose como un ensemble de autor); en el Teatro de la Zarzuela (demandado tantas veces como teatro estable para la Compañía); con “Don Quijote” (el más español de los ballets de repertorio), con música en directo (la de la Orquesta de la Comunidad de Madrid), con bailarines españoles que tuvieron que salir del país para poder trabajar (grandes estrellas como Joaquín de Luz) y cuando está a punto de terminar una dirección que ha durado cuatro años…

José Carlos Martínez está en condiciones de exigir mejoras materiales para la Compañía. Los resultados le avalan. El director, sobreponiéndose a la falta de medios, ha conseguido crear un Quijote digno, en un acto que parece la consecuencia lógica del estilo de la política de gestión que ha enarbolado la Compañía pública en los últimos años; durante ellos, carteles como “bienvenido a TU Compañía Nacional” han recibido a los visitantes en su sede, el director (flamante estrella del “Ballet de la Ópera de París”) ha ofrecido clases gratuitas abiertas al público, y se han creado proyectos educativos para fomentar el conocimiento sobre el arte de la danza. Unas medidas que además de crear público potencial (no se puede demandar lo que no se conoce: una sociedad formada en danza, demanda danza) han obtenido un éxito real. El Quijote que puede verse estos días en el Teatro de la Zarzuela es el broche de oro de esta trayectoria, un recorrido que traspasa los actos simbólicos, para colarse en la idea que sostiene la coreografía y en la técnica de la que hacen gala sus bailarines.

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Fotografía Jesús Vallinas

Martínez ha respetado las que constituyen las partes básicas de la obra. El espectador acostumbrado al ballet identificará no sólo los actos, la música y el despliegue de virtuosismo técnico que le caracterizan, sino también lo esencial de la historia. A pesar de los recortes (en las partes de la obra y en el número de bailarines) el relato se mantiene en sus líneas fundamentales. Para empezar, la versión de Martínez permite seguir la historia central del argumento del ballet, a través de ese doble juego constante que se produce entre el enamoramiento de Don Quijote y Dulcinea por un lado, y el amor de Quiteria y Basilio por otro (el narrado en “Las bodas de Camacho” de la novela). Así, el gran relato (el del ingenioso hidalgo y Dulcinea) se mezcla con el pequeño (la historia del barbero Basilio) por medio de dos juegos de amor que se entrelazan confundiéndose sin cesar; Don Quijote confunde a su Dulcinea con Quiteria, y con ello la indeterminación entre las dos historias está servida. Esto –lo mismo que hace que el ballet “Don Quijote” sea tan moderno como su homónimo literario– se lee a la perfección en esta versión.

La parca escenografía de la obra permite también seguir la que constituye otra de las partes esenciales de la versión de Petipa, la misma que Gorski enfatiza: el triunfo del academicismo frente al romanticismo. La famosa escena del segundo acto –esa en la que el Quijote, tras recibir un golpe, sueña con su amada– está copada por bailarinas ataviadas con el ropaje y estilo romántico. A eso quiere dejar reducido la Rusia imperial el romanticismo: a un bonito sueño. En este ballet, el romanticismo y su imaginario se reducen a la mera ilusión de un personaje otrora caracterizado por su demencia, a las locuras de un señor de Castilla que no diferencia muy bien entre lo que lee (lo que interpreta) y lo que ve (la realidad).

Sin embargo, la versión de la CND añade otras características que no están presentes en las versiones de Petipa y Gorski. Se trata de la españolización de algunos fragmentos de la obra, una tarea difícil si se tiene en cuenta que el conjunto del ballet responde a la visión que en la Rusia imperial tenían de España, a la que metían de lleno en la categoría de lo “exótico”. Lo que puso sobre el escenario Marius Petipa cuando creó el ballet original allá por el Siglo XIX fue la imagen que los rusos tenían de lo español. Por eso el Ballet “Don Quijote” cuenta lo español desde fuera, manteniéndonos a nosotros como la otredad total, en una coreografía en la que nuestras danzas de carácter se bailan perfectamente acompasadas y en la que las palmas suenan al unísono…

Pero los boleros y fandangos coreografiados por Mayte Chico para la versión de la Compañía Nacional consiguen mantener este espíritu. Los fragmentos resultan visibles a gran escala, y consiguen conectar con el público real que asiste a esta representación.

También a nivel técnico la Compañía ha conseguido bailar con honestidad. La falta de un estilo de escuela identificable se compensa con la elasticidad de los bailarines, que saben adaptarse a las exigencias de su personaje y perfilarlos dando lo mejor de sí. El conjunto resulta limpio aunque algunos bailarines, como sucede en cualquier Compañía, destacan más que otros.

YaeGee Park está espléndida en el papel de Quiteria: muy musical, acierta hasta en la pantomima. Esta bailarina ágil, que mejora de actuación en actuación, es capaz de alcanzar niveles de excelencia técnicos adecuados para interpretar las obras de repertorio.

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YaeGee Park en el papel de “Quiteria”. Fotografía Jesús Vallinas

El otro papel protagónico, que en el estreno se lo lleva Joaquín de Luz en su interpretación de Basilio, estuvo a la altura de su fama. El bailarín tiene poca química con su partenaire pero, al igual que su compañera, hace las delicias del público en los estallidos de virtuosismo técnico que, especialmente en el tercer acto, copan la escena.

Precisamente por su virtuosismo técnico, tan importante en este gran ballet de repertorio, destaca Esteban Berlanga que nos regaló, en el papel de Espada, la mejor interpretación masculina de la noche.

Algunos papeles pantomímicos también consiguieron sacarle la sonrisa al público: es el caso de Isaac Montllor en su interpretación del despistado Quijote, o Jesús Florencio que caracteriza a un vivaracho Sancho Panza. Juntos forman un dúo indispensable que permite identificar escenas memorables, como la confusión del Quijote con los molinos.

Entre la técnica y la expresión bien conjugadas estuvo Antonio de Rosa, que interpretó de lo más creíble al petulante y adinerado Camacho.

El conjunto de la Compañía se defiende. El cuerpo de baile masculino es delicioso: elegante y estilizado, parece que tiene más tablas de las que ha podido pisar. Algunas escenas míticas, como la del “Reino de las dríadas”, se presentan con un conjunto de bailarinas que avanzan al unísono. En ella, y a pesar de los recortes que sufre, destaca la interpretación de Giuila París en el papel de Cupido, una bailarina con rasgos atléticos y ágiles. El conjunto del cuerpo de baile, que protagoniza tantos momentos de danza pura en este ballet, destaca especialmente en el “Campamento de los gitanos” en el que el vestuario y la caracterización les acompaña.

Los balletómanos pueden relajarse: la cosa funciona. Y funciona a pesar de la interpretación de la orquesta, que aunque desafinó a los bailarines, se mostró comunicativa con ellos.

El día del estreno se oyó un estruendo cuando, tras varios vises, cayó el telón. Eran los bailarines, que seguían bailando y gritando de júbilo. Se nota que disfrutaron. Como nosotros.

Coreografía: José Carlos Martínez (sobre las de Petipa y Gorski); Compañía Nacional de Danza; Orquesta de la Comunidad de Madrid; Teatro de la Zarzuela; 16 de diciembre de 2015.

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