El Eifman Ballet de San Petersburgo, consolidado como una de las mejores Compañías de ballet del mundo, ha estado en los Teatros del Canal de Madrid para representar su genial “Rodin”.

Rodin - photo by Michael Khoury_3

Fotografías de Michael Khoury

De entre los muchos apodos que nombran a Boris Eifman uno de los más conocidos es el de “coreógrafo filósofo”. Aunque haya insistido en más de una ocasión en que no hay que tomarse al pie de la letra esta etiqueta, sus ballets son grandes obras intelectuales en las que cada gesto condensa una pulida emoción.

Sus coreografías también se catalogan como “ballet psicológico”, y él mismo se ha reconocido heredero del teatro psicológico ruso. Pero si hay un sello que le caracteriza es el del “ballet narrativo”, ese que aunque se exprese con lenguaje contemporáneo no renuncia a contar una historia, a tener un argumento. Y efectivamente, frente a sus obras sigue siendo importante el libreto.

El ballet que ha podido verse estos días en algunas ciudades españolas como Oviedo y Madrid, gira en torno a la obra del escultor Rodin o, más en concreto, a la relación que mantuvo con su alumna Camille Claudel, una genial escultora cuya obra artística, como sucede tantas veces, parece valer menos que su vida personal. La Historia cuenta que el afamado Rodin se enamoró de ella siendo su profesor y, desde entonces, se desató una pasión entre ambos que aunque no consiguió anular el trabajo del gran escultor, sí tuvo nefastas consecuencias para ella.

El ballet de Eifman no se sale de esta versión oficial y cuenta cómo la joven Camille, incapaz de controlar los celos y el desamor al ver a su maestro en manos de otra mujer, se vuelve loca y termina sus días encerrada en un psiquiátrico. Son muchas las mujeres que se vuelven locas en el ballet por amor: la misma Giselle acaba en el mundo de las willis tras un fatal desamor (Mats Ek interpretó magistralmente este final haciendo que las willis románticamente ataviadas con tutús blancos, fuesen ahora enfermeras vestidas con batas blancas). Pero también es típico de los ballets de repertorio contar grandes relatos de la cultura universal por medio de una historia de amor. Es el caso de “El Quijote” de Petipa: no deja de ser sorprendente que este ballet gire en torno a la historia de amor entre Kitri y Basilio (presente en uno de los capítulos de la novela) y no a través de la obra en su conjunto, motivo por el que el afamado hidalgo de la Mancha, a pesar de dar título a la obra, aparece en pocas escenas.

Eifman conoce a la perfección esta tradición narrativa que autores como Jacobson y Grigorivich llevaron a la cúspide. Las narraciones de Eifman se complejizan progresivamente y el resultado es una obra a la altura del siglo XXI, en la que lo narrativo se carga de planos y el ballet puede leerse desde distintas perspectivas, mostrando que los relatos tienen su espacio en lo contemporáneo, sólo que no se reducen a introducción, nudo y desenlace.

Por eso la historia no siempre aparece de manera lineal, por eso se superponen los formatos, por eso no hay un cuadro bifocal (ese donde la realidad parece vista en 2D, con una clara diferencia entre protagonistas y cuerpo de baile), sino que las dimensiones se multiplican. Las historias se superponen y puede haber muchas realidades paralelas, como cuando Rodin está conociendo a Beuret y a su vez, la locura de Camille se acrecienta; o como cuando ella esculpe y, al mismo tiempo, los críticos aparecen para señalarlo todo. La historia de amor también habla de las dificultades del proceso de creación, que se intercomunican con las dificultades del amor: crear belleza, en el plano que sea, siempre es un proceso difícil. En este pulcro popurrí también caben las referencias a Rodin como escultor (magníficamente interpretadas por el cuerpo de baile masculino donde pueden verse referencias a esculturas como “El pensador”  o “Los burgueses de Calais”) y, sobre todo, a las pasiones, las mismas que se revelan en el coro femenino (protagonizado por las locas, expresivas hasta en el rostro, y ahogadas entre el movimiento fluido y cortante). Por si fuera poco, dentro de ese juego poliédrico que se complejiza ad infinitum, la espectacular música se acopla al vertiginoso ritmo de la época del protagonista.

Eifman 2

Pero la brillantez no se queda en lo narrativo. Los focos iluminan magistralmente una escenografía que los bailarines rellenan con una técnica intachable. Todos los bailarines de la Compañía, sin excepción, son excepcionales. La madurez de Oleg Gabyshev, que da vida a Rodin, da credibilidad al personaje. Lyubov Andreyeva interpreta magistralmente a Camille Claudel combinando seriedad y severidad con una inmejorable técnica, mientras Natalia Povoroznyuk, en el papel de Rosa Beuret, abruma por su elegancia.

Este relato de amor, inserto en un juego coreográfico en el que la plasticidad de la danza se conjuga con la de la escultura, enamora.

Trailer oficial: https://www.youtube.com/watch?v=9u4PTNJ6fxs&feature=youtu.be

Teatros del Canal, Madrid, 11 de marzo de 2016.

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