La Compañía Nacional de Danza, que ha bailado en la capital vizcaína al son de la Orquesta sinfónica de Bilbao en el Teatro Arriaga, sigue cosechando éxitos en su gira con “El Quijote”.

Quijote 1.1

Fotografía: CND, Segundo acto “El Quijote”

La Compañía Nacional de Danza continúa girando por la península desde su estreno en Madrid. Tras parar en otras ciudades como Valencia, le ha tocado el turno a Bilbao donde el Teatro Arriaga, de características barrocas, les ha servido de adecuado escenario para interpretar a este clásico. Por este teatro, que ha prestado una extraordinaria atención a la danza desde su fundación, siguen parando gran parte de las grandes Compañías que pasan por España, lo que hace que el público bilbaíno sea uno de los más cultos en términos de danza, de esos a los que no se les puede bailar cualquier cosa.

En esta ocasión, con la fidelidad que le caracteriza cuando se trata de danza, el teatro estaba a rebosar; un público familiar en el que abundaban los jóvenes, niños, turistas y, en fin, los deseados y no siempre encontrados espectadores que tanto cuesta conseguir en otros grandes teatros de ciudades como Madrid.

El público español llevaba más de veinte años demandando romper con la exclusividad del contemporáneo que había caracterizado a la Compañía bajo el mandato de Duato, que la convirtió en una gran ensemble de autor. Quizá también por eso se muestre agradecido de ver un gran ballet de repertorio interpretado por la Compañía pública. Y además “El Quijote”, emblema del tema español entre esos considerados clásicos, a pesar de que la versión que más se interpreta sigue siendo la inspirada en la de Petipa que, como buen francés que trabajaba para la gran Rusia, interpreta lo español como se ve desde fuera y, por eso, llena la escena de gitanos, toreros, abanicos y castañuelas.

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Fotografía Teatro Arriaga

Como Italo Calvino en su célebre artículo “¿Por qué leer a los clásicos?”, nosotros también nos seguimos preguntando todavía qué es eso de ser “clásico” hoy. Parece claro que normalmente lo asociamos a ese arte que se repite desde siempre gracias a sus condiciones estables, como si hubiese conseguido mantener viva una estirpe que sobrevive al albor de un cannon estético, pero que debe mantenerse por motivos éticos. La esencia del arte clásico –mucho más fácil de mantener en el Museo que en la danza, arte efímero donde los haya– trae de cabeza a los balletómanos, que están muy entretenidos en su obsesión por el detalle y el bien hacer (y entonces por cosas como el número exacto de bailarinas que deben interpretar una escena, o por si la altura del tutú es la correcta, porque así aparece en el “libreto original”, o porque así se interpretaba en los 60, dependiendo de dónde decidan poner el baremo del control)

Sea como sea, en este Quijote la Compañía Nacional baila para todos. De la mano de una adaptación coherentemente aclimatada a las condiciones de los bailarines, la obra es perfectamente reconocible, a pesar de los recortes. La esencia del repertorio de Petipa se mantiene: la historia de amor (el pequeño romance entre Quiteria y Basilio) se superpone a los personajes del Quijote y Sancho en un juego de espejos que empequeñece a los protagonistas de la novela de Cervantes. Así, al amor y sus enredos (verdadera trama central del ballet) le corresponde la excelencia técnica, mientras que el Quijote y su loco lacayo –o Sancho y su cuerdo sirviente, quién sabe– se quedan con la pantomima.

El conjunto de los bailarines ha cogido tablas desde su estreno. El cuerpo de baile masculino es excelente. José Carlos Martínez se ha hecho con un patilargo y elegante elenco que luce en cualquier situación. A este estilo noble pertenece Basilio, interpretado por el vasco Aitor Arrieta, con gran elevación en saltos y una nobleza apabullante. El papel de Quiteria luce menos de la mano de Haruhi Otani y, aunque no tiene especial feeling con su pareja, se resuelve honestamente. Ángel García Molinero, destaca en el papel de jefe de los gitanos por su enorme presencia. Giulia Paris sigue siendo una delicada y ágil Cupido, y Aída Badía una Mercedes muy sinuosa, sobre todo en el trabajo de torso.

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Aitor Arrieta y Haruhi Otani. Fotografía cortesía del Teatro Arriaga

En pantomima, el alegre y bonachón Sancho Panza, interpretado por Jesús Florencio, hace las delicias del público. También el padre de Quiteria, que le da al personaje una “estética vasca” que, signifique lo que signifique (o incluso en caso de que tal cosa no exista), es identificable: José Antonio Beguiristain, parece todo un aita capaz de arrancar a su hija de los brazos de cualquiera que ose ser su pretendiente, haciendo que resulten creíbles todos los valores patriarcales que tan fielmente representa esta obra. Niccolo Balossini, en el papel de Camacho, hace gala de una bufonería elegante y expresiva al mismo tiempo.

Los fandangos y boleros coreografiados por Mayte Chico son un extracto atractivo y bien interpretado, gracias a la formación que algunos de los bailarines tienen en danza española.

La defensa de este Quijote sigue siendo digna. El público vasco ha despedido con ovaciones a esta honesta versión, las mismas que se oyen entre bambalinas cuando tras un largo aplauso se cierra el telón.

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Fotografía: Jesús Valiñas

FICHA TÉCNICA: CND, Director artístico: José Carlos Martínez, Teatro Arriaga Bilbao, 5 de junio de 2016. Cuerpo de baile de la CND. Basilio: Aitor Arrieta; Quiteria: Haruhi Otani; Dulcinea: Giuada Rosi; Don Quijote: Isaac Montllor; Sancho Panza: Jesús Florencio; Mercedes: Aída Badía; Espada: Juan José Carazo; Camacho: Niccolo Balossini; Padre de Quiteria: José Antonio Beriguistain; Jefe de los gitanos: Ángel García Molinero; 1º Dama de honor: Shani Peretz; Orquesta sinfónica de Bilbao.

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