En esta época de reproductibilidad técnica –en la que consumimos alimentos sometidos a complejos sistemas industriales, escribimos desde ordenadores y nos relacionamos tan cotidianamente con las máquinas que hasta nos llegamos a preguntar qué nos diferencia de ellas– el mundo del arte recuerda con ahínco la idea de lo natural.

Labranza / Cia. Lamajara Danza

Labranza / Cia. Lamajara Danza

El mito de lo natural viene de antaño y parece incrustado en nuestro ADN cultural al menos desde el nacimiento del lenguaje, ese dispositivo que nos enreda en un tótum revolútum simbólico y que nos impone una distancia con lo natural. Desde que hablamos parece que ya no podemos ser sólo animales, que ya no gozamos de la inmediatez de la naturaleza y que estamos presos de una distancia que, a lo largo del tiempo, vivimos con más o menos nivel de incomodidad pero que, en todo caso, nunca parece resuelta del todo.

Quizá por eso sea uno de los grandes temas de la filosofía, pues ya incluso los antiguos griegos lo tenían como obsesión ineludible, ya que de su correcta respuesta hacían depender nuestra condición humana. Grandes filósofos como Platón o Aristóteles defendieron que puesto que somos humanos nuestro espacio propio es el logos, es decir, la palabra o razón. Ya que no somos ni dioses (que habitan lo divino) ni bestias (animales que viven sometidos a las leyes naturales) debemos vivir en la polis o ciudad donde las leyes y la política se fraguan en la hilarante tensión entre lo divino y lo animal. Nuestros filósofos no negarán las dificultades que supone habitar correctamente ese terreno intermedio, el mismo en el que la providencia parecer habernos abandonado a nuestra suerte, pero no les temblará el pulso al defender que constituye nuestra verdadera naturaleza.

El arte de la danza no ha sido ajeno a los vaivenes de esta alocada paradoja, quizá una de las más esenciales de las muchas que nos atraviesan. La técnica académica, a pesar de la fuerte codificación corporal que supone y la constante lucha que encarna contra criterios como la gravedad, ha sido considerada por muchos teóricos como «natural»; han sido ellos quienes han defendido a lo largo de los siglos que era la mejor representante de los anhelos a los que la «nature» podía aspirar. Paralelamente, muchos filósofos defendían que lo propiamente humano es ese terreno en el que Dios ha tenido a bien situarnos haciéndonos a su imagen y semejanza y que, bien sea debido al pecado original o a la especial situación en la que nos encontramos por nuestra condición humana, nos han arrojado desde que hemos sido expulsados del Edén, ese jardín absoluto que todavía hoy constituye la más pura imagen de la naturaleza virginal. Todavía siglos después de la Edad Media nos seguían recordando desde las tribunas de las universidades y de las Iglesias que nos humanizamos cuando nos comportamos correctamente en lo social y cuando usamos adecuadamente nuestro arma más poderosa, la razón, es decir, cuando guiamos nuestros actos moralmente. La llamada segunda naturaleza, esa que nos ofrecen los dispositivos culturales, terminará por arroparnos como la piel a los animales.

Tan arraigada estaba esa idea que defendía que la naturaleza (tantas veces asociada a la furia de las grandes catástrofes) es lo propio de las bestias, que habrá que esperar a la Ilustración para encontrar las primeras defensas que se atrevían a relacionar lo natural con algo bueno. En la filosofía, la idea del «cuerpo liberado» o «cuerpo natural» encuentra su primera gran vía de expresión gracias a teóricos como Rousseau, quien ve en la ciudad la cárcel y corrupción de una naturaleza perdida que, de no ser por la educación cívica y su consiguiente perversión social, habría seguido en la línea del feliz «buen salvaje». Esta idea, que ha tenido una fuerte presencia en la danza moderna gracias a coreógrafas como Isadora Duncan, es diametralmente opuesta a esa naturaleza que nos muestra la pintura realista o aquella que podemos leer en historias sobre los campesinos, en las que las condiciones de la vida del campo parecen presas de una dureza que sólo las comodidades de la ciudad podría liberar. De hecho, la desesperación por escapar de la dura vida del campo fue el impulso que motivó el deseo por poblar las ciudades y que ha terminado por crear la vida moderna tal y como la conocemos hoy. Quizá por eso resulta más paradójico que sea precisamente en la actualidad, cuando gozamos de las más altas comodidades de la ciudad, cuando asociemos lo natural con lo sano, lo deseable y lo bueno, hasta tal punto que vuelve a resonar en nuestras pantallas el deseo del retorno a la naturaleza. O tal vez no sea tan paradójico, pues solo podemos querer retornar a aquello que hemos perdido.

Sea como sea, muchas de las propuestas coreográficas actuales –negando o poniendo en cuestión la fuerte impronta del canon clásico en la danza o bien haciéndose eco de la urgencia por recuperar lo natural– indagan en la idea de una naturaleza perdida que sus protagonistas buscan recobrar por medio de un encuentro experimental. Fruto de ello son las creaciones coreógraficas en las que el cuerpo se expresa por medio de vectores predeterminados (como la mímesis con las formas naturales) o relatos (historias) que giran en torno a la idea de lo «natural». Tanto es así que, a pesar de lo manoseado que podría estar la pregunta, sigue teniendo vigencia: ¿qué es la naturaleza?

El colectivo LaMajara, –formado por los bailarines Daniel Rosado y Reinaldo Ribeiro– nos ofrece en su obra «Labranza» una oportunidad en la que, junto con la colaboración de la malagueña Paloma Hurtado, nos invitan a revisitar lo natural por medio de un juego de referencias pictóricas, musicales y experienciales que se anudan volviendo a poner en el centro la pregunta clave: ¿qué es lo natural para nosotros?

La respuesta se articula en un sumun de proyectos que ya han tenido algunas exitosas paradas, como el dúo Almáciga o las muestras del Certamen coreográfico de Madrid. Tras año y medio en marcha, estos tres artistas han pasado también por numerosas residencias: desde la Finca de la Gomera hasta Faber Residency, han hecho todo un trabajo de campo que abarca las experiencias de vida más concretas (como el trabajo agrícola o el contacto directo con la naturaleza) y las indagaciones más intelectuales (como las lecturas de Muñoz Rojas, o las pinturas de «El Angelus» de Millet y Dalí), referencias que enriquecen su propuesta coreográfica e invitan a la madurez y el matiz del gesto que todavía tendremos ocasión de ver en el ya consolidado Festival Sismògraf. Cada una de ellas constituye una obra, un pedazo de tierra que terminará siendo una coreografía al completo pero que, en todo caso, ya tiene vida propia.

El angelus

“El Angelus” de Millet

Este conjunto de experiencias alimentan un imaginario que nos devuelven con pureza en el escenario, en el que confluyen todos los elementos que han ido fraguando a lo largo del tiempo y que abarcan un gran imaginario del movimiento. En él reconocemos desde el minucioso movimiento de los artesanos, hasta la exterioridad e intimidad que aportan algunas herramientas u objetos de trabajo como los palos: por medio de los movimientos del empuje, la tracción o el agarre, los palos resultan ser un objeto simple que, sin embargo, nos retrotraen a campo aunque estemos en medio de la ciudad.

Este imaginario se articula por medio de un conjunto de elementos que simbolizan la acción rural y que, aunque sean fruto del paso del tiempo y del sudor del trabajo, se muestran por medio de la simplicidad. Así aparece el «dispositivo Labrat», una estructura de improvisación pautada que permite que en la obra participen tanto amateurs como profesionales, como si con ello nos quisiesen recordar que todos nos vemos interpelados por lo natural hoy. Y así aparecen también otros elementos como la contemplación, que nos recuerda otro ritmo dentro de la escena alejado de la frenética rapidez a la que estamos acostumbrados en las ciudades.

El resultado es un compendio de movimientos que nos devuelven exhalaciones de lo natural, caminos coreográficos en los que perder nuestra mirada que no están exentos de espectacularidad. Un imaginario que nos recuerda la naturaleza desde lo artificial del movimiento pautado pero también, lo artificioso del trabajo natural y que, en el cuerpo de estos tres bailarines, se entrelaza por medio de movimientos que durante la representación parecen naturales, haciendo que la tensión de la paradoja que nos hace humanos se relaje hasta fluir naturalmente.

Lamajara 3

Cía LaMajara. “Labranza”

FICHA TÉCNICA: Compañía LaMajara. Bailarines: Daniel Rosado, Paloma Herrera, Reinaldo Ribeiro. Obra: Labranza. Diferentes representaciones en Cataluña en marzo de 2017.

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